Imagenes apresuradas de una gran urbe saturada de movimiento de luces y en bucles saturados. Los neones bailan. Las luces de la ciudad son un canto de sirenas que invita al olvido a sumergirte en la vanalidad.
Una panorámica de una ciudad que no existe. En realidad, un frustrado intento de homenajear/plagiar a Isao Tomita, cuyos sintetizadores me fascinan desde que era muy pequeño.
Bueno... hay momentos en los que el atardecer difumina tu rostro, todo es ambar y parece que el mundo es un sitio más cálido. Olor a especias. Una melodía que cosquilleaba mi cabeza desde hacía tiempo.
Hay un momento, justo cuando está a punto de amanecer, cuando el debil tejido de la noche empieza a ser rasgado por una navaja de luz tenue, que los fantasmas son reales y que la niebla y el pasado tiene la corporeidad de una losa. La música se hace tangible y se puede hasta oler. Todo se desdibuja y todo es posible. Parece que el tiempo se ha detenido y has quedado congelado en una vieja fotografía. Nada importa. La noche está cerca de perderse en la nada y la claridad, de nuevo, empezará a reinar.
Desde este lugar, desde el duermevelas, escribe un diario con sonidos, el Alquimista.